Seguramente este cuento te sonará, porque lo has vivido algunas veces. Esas en las que haces algo que sabes de antemano que aplastará a otros por el camino, lo cual realmente no importa mucho si tu sacas algún beneficio. O puedes ser más cruel todavía, puedes actuar sabiendo que nadie saldrá ganando, ni tan siquiera tu ego.
Siempre es preferible pensar que la culpa es de los otros, porque así logras dormir de un tirón toda la noche. Y si alguien se da cuenta de tu plan maquiavélico, puedes refugiarte en las dos frases más utilizadas por los traidores: “es por tu bien” o “no me había dado cuenta”.
Pero a todo Napoleón le llega su Waterloo. Entonces eres tu quién se convierte en la persona vencida, quién necesita desesperadamente un pedestal sobre el que levantarse. Y qué pasa cuando miras a tu alrededor? Que ya no existen los escuderos. El campo de batalla está vacío. Hasta los cadáveres que dejó tu guerra han sido levantados por sentimentalistas llenos de compasión; e incluso alguno ha conseguido volver a abrir los ojos y ver el mundo desde la óptica del vaso medio lleno.
Y entonces es cuando la soledad (porque la conciencia sigue dormida) obliga a tu orgullo a tocar fondo, a hincar las rodillas en el fango y exclamar un grito de auxilio que esperas que llegue a todo aquello que has destrozado a tu paso. Un grito que desgraciadamente será escuchado y atendido por los pocos tontos que quedan en este mundo: “Lo siento!!!”
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Ojalá el número de tontos aumentase por cada pestañeo de esos ojos cargados de egoísmo.
viernes, noviembre 16, 2007
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